Un bolichero de pura cepa

Cuando se es joven y llega la hora de emprender el vuelo, bien por ir a estudiar fuera o en busca de trabajo lejos de casa, llega esa etapa de la vida –bienvenida sin duda- en que parece que nos vamos a  comer el mundo y mostramos cierto desapego al escenario de nuestra niñez y adolescencia; claro, que para muchos siempre está ahí el verano a fin de poder restañar nostalgias y volver al nido. Luego, con el paso de los años, intensificamos el idilio con nuestros orígenes convirtiéndonos, incluso sin vivir allí donde nacimos, en los más vehementes defensores de lo nuestro. Así las redes sociales, a modo de escaparte donde reflejar afinidades y amor al terruño que nos vio nacer, se encargan de mostrar y repetir testimonios de lo mucho que queremos a nuestro pueblo y de paso a sus excelencias en cualquier materia de que se trate; ya sea gastronómica, paisajística, económica, turística, etc. Eso sí, exagerándolas convenientemente vaya a  ser que cualquier chichirivaina haga de las suyas; sobre todo si es del pueblo vecino donde siempre nos han tenido algo de pelusilla.

Lo cierto es que la inmensa mayoría de las personas ama las cosas de su pueblo o ciudad;  pero hay algunas que, no sólo lo sienten, sino que durante toda su vida hacen gala de ello y además presumen de sus raíces allá donde se tercie, aglutinando de algún modo el sentir de sus paisanos. Conozco a una de ellas aunque mejor es decir que la conocía ya que esta misma mañana, nada más despertarme, he recibido con enorme sorpresa y tristeza la noticia de su muerte. En efecto, nuestra propia alcaldesa anunciaba que Pedro Cuevas, veterano concejal del Ayuntamiento de Fuengirola, con una larga trayectoria que abarca, creo haber oído,  veinticuatro años al frente de la Tenencia de Alcaldía de Los Boliches, ha fallecido en la pasada madrugada. Reconozco que al abrir Facebook  me quedé helado como suele ocurrir en estos casos en que una persona joven nos dice repentinamente un adiós tan inesperado como traicionero.

Ya me había acostumbrado a que la noticia más frecuente que Pedro nos contaba en redes, aparte naturalmente de las de carácter político o deportivo y las ya mencionadas manifestaciones de afecto a su Fuengirola, era el circuito que cualquier día se había hecho caminando; no sólo con expresión del tiempo invertido, número de kilómetros recorridos y croquis del circuito, sino acompañada toda la información, como no podía ser de otra manera, de la fotografía de alguno de los hermosos rincones de esta gran ciudad que para él tanto significa. Y hablo en presente porque me niego a emplear el pasado en alguien que seguirá vivo entre los fuengiroleños  precisamente por lo mucho que ha hecho por su ciudad; tanto en materia deportiva como en otros aspectos de su gestión como concejal. Sin olvidarme, por supuesto, de algo tan importante como es su vocación de servicio hacia los demás; siempre con una amabilidad exquisita y adornada de una mirada limpia de esas que infunden confianza cuando entrecortados  nos dirigimos a un cargo público sin saber con qué talante nos atenderá.

Pedro es ejemplo de entrega a la tarea municipal que se le ha encomendado, dispuesto cada día a buscarte una solución a tu problema o gestión y tratando además de que te sientas satisfecho de la respuesta recibida. Pero ahí no queda eso pues él lo acompaña de una sencillez y una humildad de la que muchos de los políticos que se pavonean en Madrid deberían tomar nota. En definitiva, es un referente de lo que los ciudadanos, independientemente del color político o de simpatías hacia tal o cual formación, buscamos en quienes elegimos para que nos representen.

En fin, Pedro, he escrito más arriba que no quiero hablar en pasado al referirme a ti; pero para qué engañarnos, la parca ha vuelto a hacer de las suyas y te ha llevado separándote de tu Fuengirola y de cuantos te apreciamos. Sin embargo nos queda  el consuelo de que dejas, para quien quiera recoger el testigo, un grandísimo testimonio de bondad y de saber pasearte por la vida con modos muy necesarios en estos tiempos que corren, si es que pretendemos –aunque a veces lo dudo- que mejore este mundo tan complejo que anda un tanto a la deriva.

Por cierto, esta tarde cuando hagas tu habitual caminata, si al pasar junto a la Virgen del Carmen te encuentras con muchas personas en torno a ella musitándole algún rezo o petición, no te extrañes porque igual se debe a que un bolichero de pura cepa, buena persona donde los haya, se nos ha marchado casi sin decirnos adiós y lo más probable es que toda esa gente esté pidiéndole a la Señora para que lo acoja en el sitio reservado a las personas de bien. D.E. P.

Juan Leiva

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De cervezas con un amigo

Alguien me comentaba el otro día que cuando el pesimismo hace de las suyas una simple canción puede transmitir lo que se necesita oír en momentos de horas bajas. No es que nos levante tanto el ánimo como para subirnos a la parra, pero es cierto que una canción reconforta y hasta nos echa la mente a volar por ese mundo de sueños que tan balsámico puede resultar en determinadas circunstancias.

Hoy, sin embargo, no ha sido una canción ni era yo quien la necesitaba; pero he comprobado que un rato de conversación, acompañado de una cerveza, puede tener también efectos reparadores para el alma de un amigo que está pasando por un duro trance. Verán, les cuento; esta mañana estaba preparado para ir a la playa con mi familia cuando un antiguo alumno, hoy reconvertido en buen amigo, me preguntó a través de un mensaje telefónico si podíamos vernos a eso de la una. Reconozco que, por un motivo u otro, en distintas ocasiones habíamos pospuesto un gintónic con que dar cumplido repaso a cosas que compartimos y a otras que ya empiezan a estar bien catalogadas en el archivo de los buenos recuerdos; pero esta vez, simplemente en tres frases del mensaje que me envió, intuí que se trataba de algo más serio que darnos un paseo por ese parque que transito cada vez que escribo algo en mi blog y que él siempre lee.

Nos sentamos, pidió un par de cervezas y no se anduvo con rodeos. Me soltó de sopetón lo que me quería contar; sin duda una de esas cosas para las que no hay canción que ayude y que sólo una palabra amiga puede entender y crear complicidad. Por supuesto me sorprendió la actitud y entereza con que lo está afrontando y admiré tanta claridad de ideas cuando los sentimientos juegan tan fuerte en un partido donde la derrota está asegurada. Sin saber yo muy bien qué decir empezamos a hacer una valoración de los asuntos de la vida que hacen a una persona merecedora de nuestro respeto, consideración y reconocimiento por su trayectoria; en este caso como esposo, padre y profesional en materia tan sensible como es la tarea docente con la que aquí en Fuengirola sembró durante muchos años semillas que ya han fructificado con creces. Ya puestos también yo le hablé de mi padre, fallecido hace mucho tiempo, y comentamos que a pesar de las traumáticas vivencias por las que se topó su generación, por el camino dejaron un testimonio de bondad, coherencia y hombría en definitiva que lamentablemente hoy no abunda.

Claro, la conversación, prolongada con una segunda cerveza, llegó incluso a tocar temas metafísicos cuando hizo acto de presencia esa frontera que nos separa del más allá y que nadie ha cruzado en sentido inverso salvo uno a quien la verdad sea dicha no se le ha hecho  demasiado caso. Menos mal -apuntó mi querido interlocutor- que los problemas se quedan aquí, a este lado; como también se queda todo lo bueno que se hace a lo largo de la vida y que define la trayectoria de una persona para que la recordemos, la tengamos siempre presente y nos sintamos orgullosos de ella. Lo demás, lloros y penas, se quedan para esos momentos cuando nadie nos ve y en los que, tras secarnos las lágrimas, como me decía él, viene que ni pintado un buen chorro de agua para que no se note.

Apuramos la cerveza, nos dimos un abrazo y hasta la próxima. Mientras me dirigía a mi casa, era ya hora de la comida, iba ensimismado en mis cosas y pensé, querido amigo, que habíamos dado un buen repaso a una importante lección que tiene poco que ver con los números o las ecuaciones pero sí mucho con la vida. Tanto que cuando a mí también me toque aplicarla seguro que me acordaré de ti y de las cervezas que hoy nos hemos tomado hablando de tu padre, del mío y de lo que somos hoy gracias a ellos. Un abrazo.

Juan Leiva

El gol de Adúriz

Antes de que los ultramodernos medios tecnológicos tuvieran a los chiquillos prisioneros de tan atontadores artilugios como tienen ahora, el tiempo que nos dejaba libre la escuela era ocupado en su mayor parte, sin contar tebeos y bandazos por el campo en busca de nuevos territorios que conquistar, por el juego de la pelota. Balonazo va y viene contra cualquier portón, a modo de portería, protegido por cualquier portero valiente como preparación a los enconados partidos de fútbol de recreos y fines de semana. Mas, como todo va tan deprisa, aquello  no tardó mucho en dar paso a otras ocupaciones más atractivas -ya se sabe, las chicas- dejando de ser el fútbol el centro de nuestras aficiones y el “teatro” donde soñábamos jugadas y remates a gol sólo son imaginables en una película de dibujos animados.
Si como practicante fueron las limitaciones propias de los años quienes apagaron aquella pasión que yo sentía por el deporte de la pelota, como aficionado perduró mucho más tiempo; en mi caso por culpa de aquel Athletic de Bilbao que tanta admiración despertaba por su política de formar equipo con los jugadores procedentes de su cantera, o también por aquellos enconados enfrentamientos, que veíamos gracias a la televisión en los años sesenta, entre Real Madrid e Inter de Milán que se disputaban el cetro europeo.
Luego aquella pasión futbolera se me fue apagando y cada vez me hastiaba más ver partidos de fútbol cuyo desarrollo más bien parecía diseñado por un ingeniero que por un entrenador; encuentros, para qué decir otra cosa, en los que la preparación física estaba muy por encima de los ingredientes que hacen a un espectáculo atractivo para el espectador. Lo cierto es que los partidos empezaron a resultar muy aburridos y los malabarismos, regates o virguerías con el balón quedaron suprimidos por obra y gracia de entrenadores que apostaban por estrategias que hasta dormían a las ovejas; de hecho confieso que ahora es raro que no dé alguna que otra cabezada viendo un encuentro y hasta prefiero sustituirlo por una buena película.
Sin embargo, estando la otra noche enferiado como corresponde a estas fechas, recibí un “guasá” con un enlace para ver un gol de ésos que, como decía antes, son más bien propios de “Oliver y Benji”, la serie de televisión que veía mi hijo de pequeño. Era de un partido muy especial por varios motivos: el inaugural de la liga en un escenario mítico como San Mames y, para completar el cuadro, dos grandes equipos como Athletic y Barca. Se daban las condiciones para el disfrute de un gran espectáculo; mas el partido no fue mucho más allá de lo antes dicho sobre el tedio que impera actualmente en los estadios. Aun así estaba a punto de concluir el partido, con el repetido cero a cero que tantas veces campa en el marcador, cuando Adúriz, recién entrado en el césped y bien situado casi en el borde del área, recibió un centro desde la derecha, se elevó levemente, dibujó con perfección en el aire una majestuosa chilena y envió, rematando con precisión, el balón a la red. Sinceramente creo que, aunque ha marcado en otras ocasiones goles de gran belleza, éste ha sido el gol de su vida; precisamente cuando acaba de anunciar que colgará la camiseta al finalizar la presente temporada.
Me gusta imaginar lo que debió sentir en los momentos posteriores a su gran gol; con el estadio atiborrado de “leones” aclamándolo y sin dar crédito todavía a la maravilla que acababan de presenciar. Él, que siempre ha sido un jugador muy valorado y querido por la afición, debió tocar el cielo; pero, para quienes lo hemos visto, hasta es posible que ese extraordinario gol sirva para recuperar nuestra perdida pasión por este deporte tan mercantilizado y a la vez tan alejado de aquel entusiasmo e ilusión por sus colores que despertaba en los chavales de mi época. ¡Que ya era hora!
Juan Leiva

Mi primo Juanito

Anoche los violines, guitarras, platillos o panderos elevaban al cielo, adornado con una luna curiosa que no dejaba de asomarse entre nubecillas que no querían perderse tan atractivo evento, una música que reúne reminiscencias de diversas culturas que han ido dejando su huella en el mundo rural a lo largo de la historia.
Era la esperada noche del festival de verdiales de mi pueblo, Villanueva de la Concepción, en un ambiente propenso no sólo a dejarse embaucar por la música, sino también a disfrutar de la compañía de amigos y paisanos. Estaba en ello cuando me acordé de Chavela Vargas que un día, pensando en qué podríamos hacer para enderezar un poquito siquiera este enrevesado asunto de tan difícil arreglo que nos traemos entre manos y se llama vida, se le ocurrió eso de que hay que llenar el planeta de violines y guitarras en lugar de tanta metralleta. No creo que al decir eso se quisiera referir sólo a las armas en sentido literal sino a muchas otras cosas, tan beligerantes o más, con las que actuamos a menudo. Pero en todo caso confieso que, tal vez imbuido por la música aunque sin haber tomado todavía ni una sola cerveza que me pudiera subir arriba , creí al pie de la letra que las palabras de Chavela, al menos por una noche, se habían convertido en una hermosa realidad.
Sin embargo no es de mensajes grandilocuentes de ésos que circulan por las redes sociales de lo que quiero escribir, ni siquiera de la brillantez de esa fiesta de verdiales que anoche se celebró, como cada año por estas fechas, en la plaza de Andalucía de mi pueblo hasta muy avanzada la madrugada, sino de una persona muy especial que quien la conozca comprenderá por qué le dedico este artículo.
Mi primo Juanito, absurdo es negarlo, se sale del molde habitual y yo diría que hasta de la pasta con que se hace al común de los mortales. Anda ya por esa edad en que las arrugas han dejado de ser una preocupación por esa coquetería que todos en mayor o menor medida practicamos, para convertirse en orgullosos testimonios de alegrías, sonrisas, preocupaciones, tristezas, ilusiones y todo aquello que forma parte del atrezo de la obra teatral que representamos a diario. Sin embargo conserva ese aire juvenil que ni las canas ni las arrugas han podido marchitar. Da la impresión de que para él no pasan los años; en realidad es algo digno de estudio que extrañamente viene sucediendo en la gente de su generación. Igual tiene que ver con sus hábitos, modos de vida, alimentación o qué se yo, pero tiene varios amigos que, como él, parecen apuntados a un pacto como Dorian Grey y no digamos si hablamos también de los famosos cantantes que a lo largo del tiempo han ido poniendo banda sonora a su vida. Vamos, como botón de muestra ahí están los componentes del Dúo Dinámico que, aunque acartonados, siguen transmitiendo esa imagen joven de las portadas de sus primeros discos y cantando sus canciones de siempre casi con el mismo ímpetu que a sus diecipocos años.
Pero lo suyo va más allá de todo eso. Es sabido que en todas las familias, pandillas de amigos, en la escuela, etc. siempre hay un referente que marca el camino a los demás sembrando comportamientos dignos de ser seguidos. Claro, alguien podrá decirme que eso es más fácil cuando Dios, la naturaleza o quien sea dota a una persona de unas cualidades intelectuales o artísticas fuera de lo común; cierto, pero él ha sabido cultivar ese sembrado y potenciarlo con el abono que le ha ido echando aparte del “agüita” con que lo ha regado cariñosamente Paloma, su querida esposa.
Cuando yo era pequeño, en la escuela era Juanito el de Bartolo a quien nuestro maestro, don Manuel, preguntaba en último término si los demás no sabíamos responder a cualquier pregunta planteada; sin duda era un brillante estudiante además de un buen amigo y compañero. Pero es que además de ser un aventurero, más bien propio de las viñetas de los tebeos, es un gran amante de la naturaleza (a su lado dormí mi primera noche de verano en una era al raso; por cierto, amanecí rojo como un tomate) y siempre muestra una gran curiosidad por todo lo que observa para luego contarlo tratando de captar el interés de sus interlocutores -además de convencerlos, que ésa es otra de sus pertinaces e incansables aficiones- como de alentar el propio afán de sus alumnos por aprender como ha hecho durante sus largos años de actividad docente en los que ha dejado una gran labor reconocida por todos. Podría seguir resaltando sus cualidades de lo más variopinto: facilidad para los idiomas, poeta, gran estudioso del habla flamenca, del árabe, se atreve con la música, la pintura, etc. Vamos, lo que se dice un renacentista en toda regla.
Mas no fue por todo eso -o tal vez en parte sí- por lo que anoche sus amigos quisieron rendirle un hermoso testimonio de afecto y reconocimiento, sino por otra tarea que entre todos ellos impulsaron con mucho esfuerzo hace ya unos “añitos”. En un momento del festival dejó de sonar por unos minutos la música para dar entrada en el escenario a un grupo de estupendos y tenaces paisanos míos que un día se empeñaron, hace ya casi cuarenta años, en poner en marcha este extraordinario festival de tanto prestigio en el mundillo de los aficionados a los verdiales. Hicieron subir a Juanito, que tanto hizo por poner en marcha el festival, así como a Paloma y a sus hijos, para rendirle un cumplido y emotivo homenaje, adornado con bellísimas palabras de su hijo Iván, en el que no faltó una placa a modo de recuerdo y algún detalle propio de la ocasión. Pero lo más llamativo fue contemplar su semblante, demasiado emocionado para gestionar la avalancha de emociones que se le vinieron encima, viendo desfilar en un momento a muchos de los personajes que han ido formado parte del elenco de actores de su vida; sobre todo a sus buenos amigos que lo quieren y a los que él seguro que hizo partícipes de tan bonito homenaje pues siempre tiene a gala en su vida ser una persona sencilla que comparte todo lo bueno que la vida le ofrece. Ése es, por supuesto, otro gran mérito para añadir a su extenso y brillante currículo.
Felicidades y un fuerte abrazo, primo. Por cierto, con el calor que está haciendo, no sería mala idea irnos una noche de éstas a dormir en la era. Eso sí, para levantarnos tempranito antes de que el sol haga de las suyas.
Juan Leiva

Héroes casi anónimos

A medida que uno va conociendo a más actores del teatro de su propia vida, va descubriendo, aun a pesar del materialismo imperante en el mundo actual, que afortunadamente cada vez hay más personas dispuestas a entregarse de modo altruista a causas que andan a la deriva o en manos de Dios como dicen algunos.

Llegan sus vacaciones y se van a cualquier país, donde las condiciones de vida dejan mucho que desear, a prestar su colaboración en materia sanitaria, educativa o trabajando para tratar de mejorar lo más elemental y preciso para la subsistencia de niños en situación extrema de desnutrición o de  criaturas a las que el virus Ébola tiene en su punto de mira. Luego los cooperantes regresan tan campantes a su tierra, en este caso a España, con la enorme satisfacción personal de haber hecho una buena labor al tiempo que, quitándose importancia, manifiestan haber recibido mucho más de lo que han dado; sin duda digno de admiración.

Como también lo es ese empeño, felizmente alcanzado, de un numeroso grupo formado por niños afectados de cáncer, sus batalladores padres y sus ángeles de la guarda (médicos y personal sanitario) que recientemente han realizado una buena parte del Camino de Santiago. Desde luego para esos niños ha debido ser una experiencia tan inolvidable y benefactora como lo habrá sido para sus padres, quienes en su particular vocabulario no han dejado sitio para la palabra desánimo ni tampoco rendición. Balsámica sin duda la convivencia entre ellos compartiendo vivencias, estrategias y afectos tan necesarios en una batalla tan dura como la que están librando y que sólo quien está ahí, en primera línea, sabe de qué va todo eso. Admirable asimismo.

Pero además de estos héroes, pues ése es el mejor calificativo que les cuadra, hay otros personajes en esta representación teatral que es la vida a quienes quizás no otorgamos el reconocimiento que se merecen. Los tenemos muy cerca y son también actores de primera fila que diariamente y de forma casi anónima nos dan verdaderas lecciones de vida con su dedicación y profesionalidad. Son personas que se caracterizan en su trabajo por rebosar un afecto enorme y una entrega sin límites que no han visto mermar ni un ápice a pesar de los duros retos y complicados avatares con que se han encontrado por el camino. Muchas veces, más que animarte o infundirte valor, son ellas mismas quienes más lo necesitan pues la vida no ha querido ser generosa con ellas en asuntos vitales que cuando faltan dejan a cualquiera hundido en la miseria; pero en cambio sí han recibido uno de los más grandes regalos, precisamente el de saber y querer dar a las demás lo mejor de sí mismas.

A una de ellas, Manoli González, fisioterapeuta de reconocida profesionalidad y humanidad, va dedicado especialmente este artículo que ha nacido a raíz de una reciente fotografía suya, en compañía de nuestra reina Letizia, que me ha pellizcado cuando estaba navegando por las redes sociales. Con personas como ella todo nos iría muchísimo mejor.

Juan Leiva

A nuestro Agustín

Sí, sí, digo bien, a nuestro Agustín; sencillamente porque lo hemos hecho nuestro quienes lo hemos tratado. Vaya por delante esta puntualización a la que cualquiera que lo conozca dirá que no le sobra ni siquiera una tilde de ésas que dispensa poner ahora  la Real Academia de la Lengua.

Nadie ignora que en el escenario del teatro de la vida donde cada uno representa su propia obra, a veces más trágica de la cuenta y otras repleta de dulces momentos, te vas cruzando con una gran cantidad de personajes de lo más variopinto. Algunos, como es sabido, pasan casi de puntillas y otros, de éstos no hay tantos, que van dejando profunda huella como es tu caso, querido Agustín. Por eso quiero ajustar contigo algunas cuentas que no se resuelven con cuatro multiplicaciones, sino que para cuadrarlas sobra saber de números y en cambio hacen falta palabras que broten del corazón. Así que vamos a ello.

En primer lugar quiero decirte, querido compañero y amigo, que al escribirte estas líneas me niego en redondo a emplear el pasado; seguro que ya me disculparán nuestros colegas del departamento de Lengua, sin duda por tratarse de ti, si cometo alguna grave falta de sintaxis en mi afán por pretender hacer presente el pasado. Vamos, como si eso fuera posible, dirán algunos; pero yo afirmo que sí lo es porque tú eres de esas personas que calas tan hondo en la vida de compañeros, amigos, familiares… que siempre te mantendrás presente en nuestras vidas mientras la memoria, claro está, no nos juegue una de las suyas. Y no me refiero a fallos de la memoria que evoca los asuntos del corazón, que ésa no falla nunca como bien sabéis lo mismo Trini que tú.

A menudo nos acordamos de decir ciertas cosas cuando ya no funciona el correo postal, ni el electrónico ni otros modernos medios de comunicación; ni por supuesto el boca a boca. Casi siempre ocurre igual y esta vez no iba a ser menos; así que, aunque habría  preferido mejor ocasión para hacerlo, tendré que aprovechar ésta que me brinda una traicionera zancadilla como la que el pasado martes, paradójicamente, te hizo esta puñetera vida cuando  estabas con algunos de tus nietos disfrutando de ellos y ellos de su queridísimo abuelito mientras os dabais un chapuzón.

Verás, querido Agustín, siempre me he sentido orgulloso de tenerte cerca de mí por varios motivos; algunos incluso pensando egoístamente por si gracias a tu compañía se me pudiesen pegar. Pues no iras a decirme que no es envidiable tu excelente capacidad para enseñar la Biología, con tanto entusiasmo como el que tú pones, a los muchísimos alumnos que han pasado por tus clases y que han visto en ti a tan magnífico profesor. También por hacerte querer -y de qué manera- por tus compañeros y amigos, de lo cual nos hemos beneficiado todos los que hemos compartido contigo  la actividad docente durante los muchos años que hemos pasado juntos en nuestro instituto Fuengirola N° 1; eso sin duda  ha contribuido a que sea más agradable la convivencia y desde luego ha redundado muy positivamente en nuestro alumnado. Asimismo ha llamado poderosamente mi atención la bonita y recíproca dependencia que siempre habéis tenido Trini y tú; siempre como dos novios tortolitos, como dicen en mi pueblo, que os ha importado bien poco en vuestros asuntos de enamoramiento lo que marcase el deneí.

No cabe duda de que veros juntos rezuma alegría y optimismo, tan necesarios en estos tiempos tan grises que corren ahora; pero te voy a contar algo que, aunque puede considerarse muy natural, a mí me encanta decirlo y resaltarlo. Verás, cuando yo te veo en nuestra piscina, calado hasta las orejas con tu personal sombrero que sólo te quitas para nadar, rodeado de tus nietos que se sienten tan protegidos por su abuelo ante cualquier contingencia, me gustaría estar en tu lugar y sentirme tan importante para esas personitas que han heredado de ti algo más que tus rasgos físicos. Digo esto porque tú eres de esas personas que viven y sienten la familia como la base fundamental de la vida y te admiro porque no sólo lo sientes, sino que además transmites ese sentimiento de un modo que si tratáramos de imitarte otro gallo nos cantaría ahora que ciertos valores se están devaluando a un ritmo preocupante.

Pero a todo lo que te he dicho, que por supuesto constituye un amplio abanico de motivos para admirarte y quererte, le falta quizás lo más importante y que de ninguna manera  quiero pasar por alto; eres sobre todo, nuestro querido Agustín, una gran persona. Vamos, como lo dice y canta Serrat, eres en el más amplio sentido de la palabra un hombre bueno.

Por lo demás espero que esta carta me valga en el baremo de méritos del concurso de traslados en el que, antes o después, me veré obligado a participar si quiero pillar plaza -eso sí, la prefiero sin tutoría- en ese instituto a donde te han destinado a ti y que reúne ya en su claustro a un buen puñado de amigos nuestros. Por cierto, no sé qué le habrán visto a ese centro para estar tan solicitado.

Un abrazo para Trini, para tus hijos y naturalmente para ti.

 

Juan Leiva

 

Haciendo ya las maletas

A quienes viven de cerca el mundillo de la enseñanza, que de alguna manera somos todos, no les debe sorprender si digo que desde hace ya tiempo el papel del docente va mucho más allá de la tarea de enseñar números, verbos o los componentes de la célula. El gran Forges lo reflejaba muy bien en una de sus más celebradas viñetas cuando una maestra, a requerimiento de un funcionario que le está rellenando un formulario, contesta que entre sus muchas y variadas ocupaciones está la de actriz además de animadora, enfermera, acompañante, psicóloga, guía turística…

En efecto, somos actores que día a día, aparte de tratar de enseñar las diversas materias curriculares, somos capaces con más o menos acierto, ya se sabe, de montar en nuestras clases una especie de performance en la que nuestros alumnos son los protagonistas principales y nosotros, los profesores de esta entrañable compañía teatral que es la escuela o el instituto, quienes procuramos sacar todo lo mejor de ellos para ayudarlos a caminar por los complicados caminos de este mundo tan complejo que está esperando a la vuelta de la esquina.

A estas alturas, en que ya llevo algún tiempo retirado en mis castillos de invierno, echo la vista  atrás con la nostalgia de que se impregnan los muchos recuerdos acumulados y reconozco con cariño a cuantos en uno u otro tiempo formaron parte del elenco de mi compañía teatral con sede en el IES Fuengirola Número Uno. No hace tanto, aunque ya han pasado unos cuantos años que no es cosa de ponerme a cuantificar ahora, sencillamente porque a ninguno nos interesa, se incorporó a ella una joven pareja que con el paso de los años echó raíces no sólo en nuestro centro y en nuestro alumnado, sino muy especialmente en sus compañeros. Sin duda que hemos tenido ocasión en todo este tiempo de representar con ellos, yo diría que con éxito, muchas obras de estreno que calaron hondo en nuestro receptivo público al que iban destinadas. Ella, María Dolores, es una dama guapísima de la que ya hablaré largo y tendido en su día, cuando le toque; pero hoy el centro de mis piropos es su marido, Antonio Martín, quien se nos da de baja en esas “tareas teatrales” para dedicarse seguramente a llenar con su arte ese otro tiempo que la absorbente función educativa le ha ocupado en demasía durante todos estos años; aunque yo sé que no se va del todo y que de vez en cuando lo veremos hacer algún que otro cameo en nuestro centro para matar ese gusanillo de la enseñanza que tantas satisfacciones le ha dado.

Antonio, además de ser un gran artista, no hay más que recrearse en sus extraordinarias pinturas para comprobarlo, ha sido y es un referente para sus alumnos, no sólo los propios sino todos los del instituto. Su jefatura en el Departamento de Actividades Culturales nos ha dejado sobradas muestras de su buen hacer y cada año, en el recuerdo de los nuevos bachilleres, estampas inolvidables del acto de fin de curso, siempre tan cargado de emociones y grabado para siempre en la memoria de padres, alumnos y profesores. Quien lo conoce sabe que es un hombre reservado, ajeno a las alharacas y siempre entregado en la sombra a su trabajo sin darse el protagonismo del que sin duda es merecido acreedor.

Tal vez por su espectacular físico podría asemejarse al de los clásicos actores italianos de los años sesenta en aquellas películas donde el guapo galán sobresalía cortejando a figuras como la Loren o la Lollobrígida; pero, dejando aparte su fachada, no tengo la menor duda de que su corazón, yo diría que en parte afectado por eso que llaman ahora síndrome de Peter Pan, es el de alguien que se identifica por completo con sus alumnos hasta el punto de alcanzar ese grado de empatía y comprensión que tanto ellos agradecen y les ayuda a formarse no sólo en el plano académico, sino –y es lo más importante-  como personas. Ése es un gran triunfo del que te debes sentir orgulloso ahora que ha llegado el momento de soltar la tiza, querido Antonio. Un fuerte abrazo y feliz jubilación.

Juan Leiva